lunes, 12 de diciembre de 2011

[alai-amlatina] Crisis estructural y rebelión popular transnacional

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¿El capitalismo global en jaque?
Crisis estructural y rebelión popular transnacional

William I. Robinson

ALAI AMLATINA, 12/12/2011.- Los poderes fácticos del sistema mundial
están cada vez más a la deriva, a medida que la crisis del capitalismo
global se les va de las manos. Desde la masacre de decenas de jóvenes
manifestantes por el ejército en Egipto hasta la brutal represión del
movimiento Ocupa en EE.UU. o los cañones de agua lanzados por la policía
militarizada de Chile contra estudiantes y trabajadores, los Estados y
las clases dominantes se muestran incapaces de contener la marea de
rebelión popular a nivel mundial y deben recurrir a una represión cada
vez más generalizada. En pocas palabras, las inmensas desigualdades
estructurales de la economía política mundial ya no pueden ser
sostenidas a través de mecanismos consensuales de control social. Las
clases dominantes han perdido legitimidad y estamos asistiendo a una
ruptura de la hegemonía de la clase dominante a escala mundial.

Para entender lo que está sucediendo en esta segunda década del nuevo
siglo, tenemos que ver el panorama en su contexto histórico y
estructural. Las elites globales esperaban que la "Gran Depresión", que
comenzó con la crisis de las hipotecas y el colapso del sistema
financiero mundial en 2008, fuera una recesión cíclica que pudiera
resolverse mediante rescates patrocinados por los Estados y los paquetes
de estímulo. Pero ha quedado claro que ésta es una crisis estructural.
Las crisis cíclicas son episodios regulares en el sistema capitalista,
que ocurren aproximadamente una vez por década, y por lo general duran
de 18 meses a dos años. Hubo recesiones mundiales a inicios de la década
de 1980, de 1990 y a principios del siglo XXI.

Las crisis estructurales son más profundas, su resolución requiere de
una reestructuración a fondo del sistema. Las crisis estructurales
mundiales en las décadas de 1890, 1930 y 1970 se resolvieron mediante
una reorganización del sistema que produjo nuevos modelos de
capitalismo. "Resolver" no quiere decir que los problemas que enfrentaba
la mayoría de la humanidad bajo el capitalismo se hayan resuelto, sino
que la reorganización del sistema capitalista en cada caso superó las
restricciones a la reanudación de la acumulación de capital a escala
mundial. La crisis de la década de 1890 se resolvió en los núcleos del
capitalismo mundial a través de la exportación de capitales y de una
nueva onda de expansión imperialista. La Gran Depresión de los años 1930
se resolvió con el recurso a variantes de la socialdemocracia, tanto en
el Norte como en el Sur: bienestar, capitalismo populista o
desarrollista que implicaba redistribución, la creación de un sector
público y la regulación del mercado por el Estado.

La globalización y la crisis estructural actual

Para entender la actual coyuntura tenemos que volver a los años '70. La
etapa de la globalización del capitalismo mundial que ahora vivimos se
desarrolló a partir de la respuesta que dieron distintos agentes a los
episodios anteriores de crisis, en particular, a la crisis de los '70 de
la socialdemocracia, o dicho más técnicamente, del
fordismo-keynesianismo, o del capitalismo redistributivo. A raíz de esa
crisis, el capital pasó a ser global, como una estrategia de la
emergente clase capitalista transnacional y sus representantes políticos
para reconstituir su poder de clase, al liberarse de las restricciones a
la acumulación que imponían los Estados-nación. Estas restricciones -el
llamado "compromiso de clase"- se habían impuesto al capital a raíz de
décadas de luchas de masas a escala nacional de las clases popular y
obrera, a través del mundo. Durante los años 1980 y 1990, sin embargo,
las elites globalizantes se adueñaron del poder estatal en la mayoría de
países del mundo y utilizaron ese poder para impulsar la globalización
capitalista a través del modelo neoliberal.

La globalización y las políticas neoliberales destaparon enormes y
nuevas oportunidades para la acumulación transnacional en los años 1980
y 1990. La revolución en la tecnología de computación e informática y
otros avances tecnológicos ayudaron al capital transnacional emergente a
lograr grandes avances en la productividad y a reestructurar,
"flexibilizar" y deshacerse de mano de obra en todo el mundo. Esto, a su
vez, debilitó los sueldos y los beneficios sociales y facilitó una
transferencia de ingresos al capital y a los sectores de alto consumo a
través del mundo, que significaron nuevos segmentos de mercado,
estimulando el crecimiento. En suma, la globalización hizo posible una
gran expansión extensiva e intensiva del sistema y desató una nueva
ronda frenética de acumulación en el mundo que contrarrestó la crisis de
los '70 de disminución de las ganancias y de las oportunidades de inversión.

Sin embargo, el modelo neoliberal se ha traducido también en una
polarización social sin precedentes a nivel global. En el siglo XX,
férreas luchas sociales y de clase en todo el planeta pudieron imponer
un cierto control social sobre el capital. Las clases populares, en
diverso grado, lograron obligar al sistema a vincular lo que llamamos la
reproducción social a la acumulación de capital. Lo que ha sucedido con
la globalización es una ruptura entre la lógica de acumulación y la de
reproducción social, que ha repercutido en un crecimiento sin
precedentes de la desigualdad social y ha intensificado las crisis de
supervivencia de miles de millones de personas mundialmente.

Los efectos de pauperización desatados por la globalización han generado
conflictos sociales y crisis políticas que el sistema hoy encuentra cada
vez más difícil contener. El lema "somos el 99 por ciento" surge de la
realidad de que las desigualdades globales y el empobrecimiento se han
intensificado enormemente desde que la globalización capitalista arrancó
en la década de 1980. Amplios sectores de la humanidad han experimentado
una movilidad descendente absoluta en las últimas décadas. El propio FMI
se vio obligado a admitir en un informe de 2000 que "en las últimas
décadas, casi una quinta parte de la población mundial ha retrocedido.
Este es posiblemente uno de los mayores fracasos económicos del siglo XX".

La polarización social global agudiza el problema crónico de
sobreacumulación. Esto refiere a la concentración de la riqueza en cada
vez menos manos, hasta que el mercado mundial sea incapaz de absorber la
producción mundial y el sistema se estanque. A los capitalistas
transnacionales les resulta cada vez más difícil desembarazarse de su
masa ya abultada y aún creciente de excedentes: no pueden encontrar
salidas donde invertir su dinero con el fin de generar nuevas ganancias,
por lo que el sistema entra en una recesión o algo peor. En los últimos
años, la clase capitalista transnacional ha recurrido a la acumulación
militarizada, a la especulación financiera salvaje y al allanamiento o
saqueo de las finanzas públicas, a fin de sostener su lucro frente a la
sobreacumulación.

Mientras que la ofensiva del capital transnacional contra las clases
obrera y popular globales se remonta a la crisis de la década de 1970 y
ha crecido en intensidad desde entonces, la Gran Recesión de 2008 fue en
muchos aspectos un importante punto de inflexión. En particular, a
medida que la crisis se extendía, generaba las condiciones para nuevas
ondas de austeridad brutal en todo el mundo, mayor flexibilización
laboral, el aumento abrupto en el desempleo y el subempleo, y así
sucesivamente. El capital financiero transnacional y sus agentes
políticos utilizaron la crisis para imponer una austeridad brutal e
intentar desmantelar lo que queda de los sistemas de bienestar y los
estados sociales en Europa, América del Norte y en otros lugares, para
exprimir más plusvalía de la mano de obra, tanto directamente a través
de una explotación más intensa, como indirectamente a través de las
arcas estatales. El conflicto social y político se ha intensificado en
todo el mundo a partir de 2008.

Sin embargo, el sistema ha sido incapaz de recuperarse, y por el
contrario se hunde más en el caos. Las elites globales no pueden manejar
las contradicciones explosivas. ¿Será que el modelo neoliberal del
capitalismo entra en una etapa terminal? Es crucial entender que el
neoliberalismo no es más que un modelo de capitalismo global; decir que
el neoliberalismo puede estar en crisis terminal no quiere decir que el
capitalismo global esté en crisis terminal. ¿Es posible que el sistema
responda a la crisis y a la rebelión de masas mediante una nueva
reestructuración que desemboque en un modelo diferente de capitalismo
mundial –quizás un keynesianismo global que involucre la redistribución
transnacional y la regulación transnacional del capital financiero-?
¿Será que las fuerzas rebeldes desde abajo serán cooptadas en un nuevo
orden capitalista reformado?

¿O será que nos dirigimos más bien hacia una crisis sistémica? Una
crisis sistémica es aquella en la que la solución implica el fin del
sistema en sí mismo, ya sea a través de su superación y la creación de
un sistema completamente nuevo, o -más preocupante- el colapso del
sistema. El hecho que una crisis estructural se convierta o no en
sistémica depende de cómo reaccionen las distintas fuerzas sociales y
fuerzas de clase: desde los proyectos políticos que proponen, así como
los factores de contingencia que no se pueden predecir de antemano, y de
las condiciones objetivas. Es imposible en este momento predecir el
resultado de la crisis. Sin embargo, algunas cosas están claras en la
actual coyuntura mundial.

La coyuntura actual

En primer lugar, esta crisis comparte una serie de aspectos con las
crisis estructurales anteriores, de los años 1970 y 1930, pero también
tiene varias características que la diferencian:

- El sistema está llegando rápidamente a los límites ecológicos de su
reproducción. Nos enfrentamos al espectro real del agotamiento de los
recursos y de catástrofes ambientales que amenazan con un colapso del
sistema.

- La magnitud de los medios de violencia y control social no tiene
precedentes. Las guerras informatizadas, aviones teledirigidos, bombas
antibúnker, guerras de las galaxias y otros similares han cambiado el
rostro de la guerra. La guerra ha sido convertida en algo "normal" y
"sanitaria" para quienes no están en la mira directa de una agresión
armada. También sin precedentes está la concentración en manos del
capital transnacional del control de los medios de comunicación y de la
producción de símbolos, imágenes y mensajes. Hemos llegado a la sociedad
de vigilancia panóptica y al control orwelliano del pensamiento.

- Estamos llegando a los límites de la gran expansión del capitalismo,
en el sentido de que ya no hay nuevos territorios de importancia que
puedan ser integrados al capitalismo mundial; la desruralización ya está
muy avanzada, y se ha intensificado la mercantilización del campo y de
los espacios pre-y no capitalistas, convertidos al estilo invernadero en
espacios del capital, de modo que la expansión intensiva está llegando a
niveles nunca antes vistos. Es como montar en bicicleta: el sistema
capitalista necesita expandirse de forma continua o de lo contrario se
derrumba. ¿Hacia dónde se puede expandir el sistema ahora?

- Emerge un gran excedente de población que habita un planeta de
ciudades miseria, excluido de la economía productiva, arrojado a los
márgenes, y sujeto a sofisticados sistemas de control social y de crisis
de supervivencia, como también a un ciclo mortal de
despojo-explotación-exclusión. Este hecho plantea de manera nueva el
peligro de un fascismo del siglo XXI y de nuevos episodios de genocidio
para contener la masa excedente de humanidad y su rebelión real o potencial.

- Existe una disyuntiva entre una economía globalizante y un sistema de
autoridad política basado en el Estado-nación. Los aparatos estatales
transnacionales son incipientes y no han sido capaces de desempeñar el
papel de lo que los científicos sociales llaman un "hegemón", o un
Estado-nación líder con suficiente poder y autoridad para organizar y
estabilizar el sistema. Los Estados-nación no pueden controlar la
tormenta de una economía global fuera de control; y los Estados
enfrentan crisis crecientes de legitimidad política.

En segundo lugar, las élites mundiales son incapaces de plantear
soluciones. Al parecer se encuentran en la bancarrota política y son
impotentes para dirigir el curso de los acontecimientos que se
desenvuelve ante sus ojos. En el G-8, G-20 y otros foros, priman las
disputas, divisiones y una aparente parálisis, donde se muestran
indispuestos a cuestionar el poder y la prerrogativa del capital
financiero transnacional: esa fracción del capital que es hegemónica a
escala mundial, y que es la fracción más rapaz y desestabilizadora.
Mientras que los aparatos estatales nacionales y transnacionales se
resisten a intervenir para imponer regulaciones al capital financiero
global, sí lo han hecho para imponer los costos de la crisis a la clase
trabajadora. Las crisis presupuestarias y fiscales que, supuestamente,
justifican los recortes en el gasto y la austeridad, son artificiales.
Son la consecuencia de la falta de voluntad o la incapacidad de los
Estados de desafiar al capital y de su disposición a transferir la carga
de la crisis a las clases trabajadoras y populares.

En tercer lugar, no habrá una salida rápida del caos mundial que crece.
Nos espera un periodo de grandes conflictos y trastornos profundos. Como
ya hemos dicho, uno de los peligros es una respuesta neo-fascista para
contener la crisis. Estamos frente a una guerra del capital contra
todos. Tres sectores del capital transnacional, en particular, se
destacan como los más agresivos y propensos a buscar arreglos políticos
neo-fascistas para garantizar la acumulación continua a medida que la
crisis avanza: el capital financiero especulativo, el complejo
militar-industrial-seguridad y el sector extractivo y energético. La
acumulación de capital en el complejo militar-industrial-seguridad
depende de interminables conflictos y guerras -incluyendo las llamadas
guerras contra el terrorismo y las drogas-, así como de la
militarización del control social. El capital financiero transnacional
depende de tomar el control de las finanzas estatales y la imposición de
deudas y austeridad a las masas, lo que a su vez sólo puede lograrse
mediante una creciente represión. Y las industrias extractivas dependen
de nuevas rondas de despojo violento y la degradación ambiental en todo
el planeta.

En cuarto lugar, las fuerzas populares mundialmente han pasado de la
defensiva a la ofensiva, más rápidamente de lo que nadie podía imaginar.
Claramente en este año 2011, la iniciativa pasó de la élite
transnacional a las fuerzas populares de abajo. En los años 1980 y 1990,
el leviatán de la globalización capitalista había revertido la
correlación mundial de fuerzas sociales y de clase en favor del capital
transnacional. Si bien la resistencia prosiguió en distintas partes del
mundo, las fuerzas populares de base se encontraron desorientadas y
fragmentadas en esas décadas, empujadas a la defensiva en el apogeo del
neoliberalismo. Luego, los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001
permitieron a la élite transnacional, bajo el liderazgo de Estados
Unidos, sostener su ofensiva mediante la militarización de la política
mundial y la ampliación de los sistemas de control social represivo, en
nombre de la "lucha contra el terrorismo".

Ahora todo esto ha cambiado. La revuelta mundial en marcha ha
transformado todo el panorama político y los términos del discurso. Las
elites globales están confundidas, reactivas y se hunden en el pantano
de su propia creación. Es de destacar que quienes están en lucha a
través del mundo han mostrado un fuerte sentido de solidaridad y están
intercomunicados intercontinentalmente. Así como el levantamiento de
Egipto inspiró el movimiento Ocupa, este último ha sido una inspiración
para una nueva onda de la lucha de masas en Egipto. Queda por ampliar la
coordinación transnacional y avanzar hacia programas coordinados
transnacionalmente. Toda vez, el imperio del capital global
definitivamente no es un "tigre de papel". A medida que las elites
globales se reagrupen y evalúen la nueva coyuntura y la amenaza de una
revolución global de masas, lo que harán -y ya han comenzado a hacerlo-
es organizar una represión masiva coordinada, nuevas guerras e
intervenciones, y mecanismos y proyectos de cooptación, en sus esfuerzos
por restaurar la hegemonía.

La única solución viable a la crisis del capitalismo global es una
masiva redistribución de la riqueza y del poder hacia abajo, hacia la
mayoría pobre de la humanidad siguiendo las líneas de un socialismo del
siglo XXI democrático, en el que la humanidad ya no esté en guerra
consigo mismo y con la naturaleza. (Traducción ALAI)

- William I. Robinson es profesor de sociología, estudios globales y
latinoamericanos en la Universidad de California, recinto Santa Bárbara,
EEUU.

* Este texto es parte de la Revista América Latina en Movimiento, No.
471, diciembre 2011 que tiene como tema central De indignaciones y
alternativas (http://alainet.org/publica/471.phtml)

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