viernes, 21 de junio de 2013

[alai-amlatina] África y los africanos en el espejo de los demás

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África y los africanos en el espejo de los demás

Mbuyi Kabunda

ALAI AMLATINA, 21/06/2013.- Generalmente suelen prevalecer dos enfoques
opuestos, casi dogmáticos, en el análisis de las realidades africanas,
que son el afropesimismo crónico y el afrooptimismo de complacencia. Es
preciso apartarse de estos paradigmas para caminar hacia el
afrorrealismo o la afroresponsabilidad, consistente en explicar aquellas
realidades, no a partir de sus efectos, sino de sus causas históricas y
actuales, estructurales y coyunturales, externas e internas, al margen
de las simplificaciones abusivas y fáciles.

En un mundo dominado por los prejuicios eurocéntricos, escribir algo
positivo sobre África ─que se suele considerar como un país o algo
homogéneo, y no como un continente─ significa que nadie lo va a leer. Es
decir, existe un verdadero complot mediático contra África y los
africanos colocados debajo de la jerarquía de las sociedades humanas.

El afropesimismo o el último avatar de la ideología racista

El afropesimismo, que se inspira en las tesis hegelianas del siglo XIX,
se reactivó a comienzos de la década de los 60 con el diagnóstico
negativo de René Dumont ("afropesimismo matizado"), que dio la voz de
alarma por el modelo de desarrollo y del Estado mimético o equivocado,
adoptado por los países africanos, antes de tomar la forma del
"afropesimismo cínico" o "el afrocatastrofismo", ilustrado por la
"negrología" de Stephen Smith y el discurso de Nicolas Sarkozy en Dakar,
en julio de 2007, en el que negaba a los africanos tener Historia y
cultura por "seguir viviendo desde milenios según los ritmos de las
estaciones y de la naturaleza".

El afropesimismo vigente es el último avatar del desprecio y/o
arrogancia occidental hacia África y los africanos (por su razonamiento
superficial y verdades a medias), atribuyendo la responsabilidad de los
fracasos de África a los factores internos, con la duplicidad
intelectual de los informes negativos sobre este continente de las
organizaciones internacionales, ─sobre todo en la década de los 80, para
justificar sus políticas de ajuste estructural─, y de los medios de
comunicación a su servicio que, de este modo, contribuyen a la difusión
de la idea del "desorden africano" y de la desesperación en cuanto al
futuro del continente. Se insiste en la pobreza creciente, las hambrunas
o las calamidades naturales, las migraciones de la miseria, las "guerras
tribales y crueles", los golpes de Estado, los dictadores corruptos...
Es decir, una larga lista de tragedias y de fracasos que viven los
pueblos africanos. La idea subyacente es que los africanos son unos
nulos e incapaces.

Raras veces se habla de acontecimientos felices o del dinamismo de los
pueblos africanos o del "renacimiento africano". Tampoco se insiste, por
ejemplo, en la responsabilidad en el "drama africano" de la carga de la
deuda, de los desastres humanos y sociales generados por los programas
de ajuste estructural (PAE), del saqueo de los recursos naturales y del
acaparamiento de las tierras africanas por las multinacionales del
Norte, o del fracaso de la ayuda al desarrollo. Es decir, las prácticas
perversas que han convertido a África en un neto exportador de capitales.

Esta ideología resulta ser peligrosa, no sólo por su dimensión racista,
sino también por ser asumida y reproducida por algunos intelectuales
africanos, pensando adoptar con ello una actitud crítica, muy apreciada
por sus mentores occidentales, hacia sus sociedades. Se trata de una
crítica barata, a menudo superficial, por reproducir las críticas
occidentales.

Desgraciadamente, según denuncia acertadamente Boris Diop, el problema
con el público occidental en general, es disfrutar ver a los propios
africanos denigrar a África. En la opinión de este autor, se ha
acostumbrado a los llamados intelectuales africanos, interesados a
atraerse los fondos por todos los medios o la simpatía del público
europeo, a denigrar a sus propias sociedades, presentadas como
atrasadas, opresivas y crueles. El objetivo es quedarse con la
consciencia tranquila y responsabilizar a los africanos de sus problemas
y desgracias.

La "afroderecha latinoamericana", según el término acertado de Jesús
Chucho García, está reproduciendo el mismo discurso hacia África, para
complacer a los dominadores, y conseguir más o menos los mismos
objetivos. Esta corriente de la afrodescendencia, que ha bebido del
eurocentrismo que le vende los verdugos, se niega a considerar a "África
como la madre patria", por los supuestos fracasos que encarna este
continente, junto a las humillaciones del pasado que ha sufrido, y que
les avergüenzan, cayendo en la apología de los argumentos negativos
difundidos sobre África por los medios y algunos círculos occidentales.
Ha interiorizado la historia de los "vencedores" por conveniencia u
oportunismo, convirtiéndose en detractora de la "autenticidad africana".

Dicho con otras palabras, la afroderecha ha caído en el eurocentrismo,
bebiendo en la literatura negrófoba y aliándose con los peores
responsables y culpables de crímenes contra la humanidad, o de sus
propios ancestros. Por lo tanto, estamos ante unas víctimas más, y peor
inconscientes. Esta actitud masoquista, de etnocolonización y
autoflagelación, propia a los pueblos dominados, analizada en sus obras
por Aimé Césaire, Frantz Fanon o Albert Memmi, se explica por la
tendencia de algunos integrantes de estos colectivos a juzgarse no a
partir de sus propias varas de medidas, sino de los criterios
interiorizados de los dominadores.

En definitiva, siguiendo a Abiola Irele, el afropesimismo, en lugar de
ser una verdadera preocupación de la situación y del futuro de África,
es una visión cínica que permite a algunos intelectuales occidentales
hacer de África su fondo de comercio y justificar su carrera en los
programas de las instituciones encargadas de la gobernanza y desarrollo
en África, insistiendo en una visión negativa y deformada del continente.

Deconstrucción de las bases de los planteamientos afropesimistas

"Los pueblos africanos carecen de Historia y cultura"

La supuesta desgracia permanente de los africanos se origina en la
versión bíblica de la "maldición de Cam", hijo de Noé, de quien los
negros serían descendientes ("raza camítica"). Se trata de un invento o
un discurso medieval de legitimación o justificación de la esclavitud de
los negros, pues consistía en negar a los africanos la parte de
humanidad, siendo el objetivo proporcionar la mano de obra necesitada
por las minas y plantaciones del Nuevo Mundo.

En cuanto a la teoría de ausencia de Historia en el continente, fue
elaborada por los colonizadores para justificar la colonización del
continente o la "misión civilizadora". No tiene ningún fundamento. Está
hoy ampliamente demostrado que la civilización faraónica negra fue la
hija, y no la madre, de las civilizaciones africanas (ver los trabajos
del profesor Cheikh Anta Diop). El antropólogo galo, Maurice Delafosse,
demostró que hasta el siglo XV las sociedades africanas tenían el mismo
nivel de desarrollo que sus equivalentes árabes y europeos (reino de
Kongo, imperios de Ghana, Malí, Songhai, Kanem-Bornú, Benín,
Monomotapa…). Tampoco se puede considerar que África fue una tabula rasa
cultural antes de la llegada de los europeos. Prueba de ello es la
persistencia de los valores culturales africanos en la santería cubana,
el candomblé o la macumba brasileños y en la cultura latinoamericana en
general.

Las revelaciones de los navegantes del siglo XV al siglo XVII ponen de
manifiesto el hecho de que el África negra fue una tierra de brillantes
civilizaciones bien estructuradas.

"África es un continente condenado al subdesarrollo y a la pobreza"

Se suele perder de vista que el subdesarrollo de África no es una
fatalidad irreversible. Es el resultado de los mecanismos de explotación
y agresión históricos, las injusticias internacionales
institucionalizadas, junto a la mala gestión de los gobiernos
poscoloniales propensos al neopatrimonialismo (clientelismo) y
predadocracia. Es preciso subrayar aquí la responsabilidad de la
educación recibida por las clases gobernantes africanas, criadas en la
admiración de lo europeo y el desprecio de lo africano, y que René
Dumont expresa en estos términos: "los dirigentes africanos son nuestros
alumnos. Han sido formados en nuestras universidades, ejércitos y
administraciones o en las universidades neocoloniales africanas. Han
sido seducidos por nuestro modelo de vida y de desarrollo y les hemos
enseñado como arruinar a África".

De todas maneras, es preciso relativizar el fracaso de África, que ha
conseguido importantes avances en los aspectos de desarrollo humano,
aniquilados por el ajuste estructural. Se confunde aquí el fracaso con
la resistencia de los pueblos africanos al modelo económico y social
dominante, colonial y occidental.

La afirmación de los desastres africanos contrasta con las realidades
siguientes: la tasa promedia del crecimiento anual en torno al 5% en
2012-2013, resistiendo mejor África a la crisis que los países
industrializados, del Oriente Medio y emergentes, y las rivalidades
entre países como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, China para
conquistar los mercados africanos.

"Los conflictos africanos son étnicos y África no está preparada para la
democracia"

Varios análisis, e incluso académicos, suelen atribuir las causas de los
conflictos a los únicos y simplistas aspectos étnicos o "tribales". Los
hechos han demostrado en la última década que este planteamiento es
erróneo. Los conflictos como los de Sudán, Angola, Ruanda, Sierra Leona,
Liberia, la RDC y Somalia han puesto de manifiesto los factores
multiformes locales, nacionales, regionales e internacionales, en
particular las luchas por el poder y los abusos del poder, la ruptura
entre el Estado y la nación, junto a los intereses geopolíticos de las
potencias externas y las multinacionales petroleras o mineras que, en su
búsqueda de monopolio de la renta, apoyan a los gobiernos, a los
movimientos de guerrilla o a ambos a la vez.

El argumento de falta de madurez de los africanos para la democracia,
prevaleciente en muchos círculos políticos del Norte, tiene una clara
connotación eurocentrista al identificar la democracia, e incluso el
desarrollo, con la occidentalización. Los hechos no coinciden con este
planteamiento. Está naciendo una nueva generación de dirigentes
africanos más democráticos y respetuosos de derechos humanos.

Lo que ha fracasado en África no es el desarrollo o la democracia, que
no son productos de importación o exportación, sino el mimetismo del
modelo occidental, o la occidentalización. Ello ha de interpretarse como
la resistencia de los africanos a los modelos impuestos desde el exterior.

Conclusión

Se trata ahora de rechazar cualquier forma de pensar a África y sus
diásporas a partir de los demás o de la historia de los vencedores, de
los que tienen el monopolio del discurso o de los medios de comunicación
o información.

Apostamos por el afrocentrismo (abierto, y no cerrado) o la
afrocentricidad, consistente en el sometimiento de las relaciones
externas a la racionalidad interna, en dar prioridad a las exigencias
del desarrollo interno fortaleciendo la capacidad de acción y actuación
de los africanos. Con ello, África y sus diásporas saldrán de su
exclusión internacional y tendrán un cierto control sobre su propio
destino, actualmente en manos de los demás.

- Mbuyi Kabunda es profesor de Relaciones Internacionales y Estudios
Africanos en el Instituto Internacional de Derechos Humanos (IIDH) de
Estrasburgo y del Grupo de Estudios Africanos (GEA) de la Universidad
Autónoma de Madrid (UAM). Director del Observatorio de Estudios sobre la
Realidad Social del África Subsahariana (FCA/UAM).

Artículo publicado en la Edición de junio (486) de la revista América
Latina en Movimiento, titulada " Miradas del movimiento
afrolatinoamericano": http://alainet.org/publica/486.phtml


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