martes, 18 de junio de 2013

[alai-amlatina] Los desafíos de la Alianza del Pacífico

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Los desafíos de la Alianza del Pacífico
Soberanía regional o periferia de lujo

Raúl Zibechi

ALAI AMLATINA, 18/06/2013.- Dos proyectos de
asociación regional se enfrentan en América del
Sur: la Alianza del Pacífico y la UNASUR. Ambas
son incompatibles, responden a intereses
geopolíticos opuestos que colocan a cada uno de
los países de la región ante una disyuntiva. Ya no
quedan espacios ni para ingenuidades ni para
distracciones.

"Existe una cierta tendencia en nuestras
perspectivas integracionistas a sobrecargar de
ideología las lecturas sobre los diferentes
proyectos subregionales", escribió Carlos Chacho
Álvarez, secretario general de Aladi (Tiempo
Argentino, 2 de junio de 2013). Por esa razón
considera que contraponer la Alianza del Pacífico
al Mercosur ampliado, "resulta claramente un signo
negativo, cuando no un retroceso". De todos modos,
Álvarez apuesta por la Unasur y la Celac "como los
dos proyectos más ambiciosos e integrales de la
región", que al excluir a Estados Unidos y Canadá
enseñan también su costado ideológico. (1)

"El continente se dividió", apunta el ex
presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso en
referencia al nacimiento de la Alianza del
Pacífico (Valor, 30 de noviembre de 2012). "De
alguna manera perdemos nuestra relevancia política
en el continente que era incontestable", añade.
Cardoso cree que la salida para su país es "una
negociación a fondo con los Estados Unidos", a la
que "siempre tuvimos miedo".

Deslizándose por encima de los dos bloques, el
presidente peruano Ollanta Humala recibió a
principios de junio a Luiz Inácio Lula da Silva,
en el marco del foro "10 Años de la Alianza
Estratégica Brasil-Perú 2003-2013", y señaló que
en diez años "se ha avanzado mucho en la
integración peruano-brasileña y sobre todo en el
entendimiento de que es una alianza natural para
poder integrar un bloque bioceánico
Atlántico-Pacífico" (La Voz de Rusia, 6 de junio
de 2013).

En el mismo acto Lula recordó que una década atrás
fue muy criticado en su país por firmar el acuerdo
de integración con Perú, pues las elites
brasileñas consideran que sólo se alcanzaría el
desarrollo en base a relaciones comerciales con
Estados Unidos y la Unión Europea: "América del
Sur no existía, ni América Latina, no existía
África ni los países árabes, yo creía que se podía
cambiar la geografía comercial y política del
mundo si creíamos en nosotros mismos, pero no era
un discurso fácil", sentenció el ex presidente.

Lula apoyó su discurso en datos irrefutables: el
comercio bilateral pasó de 650 millones de dólares
en 2003 a 3.700 millones en 2012. Las inversiones
privadas brasileñas en Perú ascienden a 6.000
millones de dólares y lanzó el desafío de exportar
productos industriales y con elevada composición
tecnológica con el objetivo de que ambas economías
"puedan complementarse". Conscientemente abordó el
punto clave de cualquier proceso serio de
integración.

Los TLC hilvanados

La Alianza del Pacífico nació en abril de 2001 con
la "Declaración de Lima", iniciativa del entonces
presidente Alan García, entre cuatro países que
tienen Tratados de Libre Comercio con Estados
Unidos: México, Colombia, Perú y Chile. El 6 de
junio de 2012 se firmó el "Acuerdo Marco de
Antofagasta" por los presidentes Sebastián Piñera,
Juan Manuel Santos, Humala y Felipe Calderón.
Panamá y Costa Rica fueron los primeros miembros
observadores, a los que luego se sumaron España,
Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Uruguay, y en
las siguientes cumbres se incorporaron Ecuador, El
Salvador, Francia, Japón, Honduras, Paraguay,
Portugal y República Dominicana.

Los defensores de la Alianza suelen decir que los
cuatro países que la integran suman 200 millones
de habitantes, representan el 55 por ciento de las
exportaciones latinoamericanas y el 40 por ciento
del PIB de la región. Dos destacados economistas
de la región, el peruano Oscar Ugarteche y el
brasileño José Luis Fiori, coinciden en analizar
los procesos regionales como si fueran un juego de
ajedrez, en el que la movida de una pieza por uno
de los jugadores debe ir acompañada de una
respuesta del otro contendiente adecuada al
desafío recibido. Cuando se produjo el "golpe
constitucional" que apartó a Fernando Lugo del
gobierno, Paraguay fue separado del Mercosur y se
le dio el ingreso a Venezuela. Del mismo modo debe
interpretarse la creación de la Alianza del
Pacífico: una respuesta a la creación de la Unasur
encabezada por Brasil.

Cuando se formó la Alianza, Ugarteche sostuvo:
"Los tres gobiernos sudamericanos del grupo
(Chile, Colombia y Perú) tienen en común no haber
firmado el acta de constitución del Banco del Sur,
no tener acuerdos comerciales con el Mercosur
vigentes, son observadores, tener TLCs firmados
con Estados Unidos que aseguran arancel cero, lo
que impide el acuerdo con el Mercosur cuyo piso es
5 por ciento, y carecer de un sector industrial
nacional significativo" (Alai, 26 de abril de
2011). Su conclusión era que la Alianza es "un
contrapeso a la influencia brasileña en
Sudamérica" que "sirve no para competir sino para
bloquear".

Sin embargo, en un reciente artículo el economista
sostiene que en los últimos tiempos "quien ha
realizado los mejores movimientos ha sido sin duda
la Alianza del Pacífico", no tanto por sus propios
méritos como por el notable estancamiento del
Mercosur por el atasco en las relaciones entre
Buenos Aires y Brasilia (Alai, 24 de abril de
2013). Entre esos avances figura el acercamiento
del Paraguay pos Lugo. Así y todo, la Alianza debe
sortear numerosas dificultades entre las que
destacan la oposición de sectores del empresariado
colombiano a un acuerdo que no les genera nuevas
oportunidades sino "un detrimento de la balanza
comercial y del empleo".

Las dificultades de la integración

Los datos sobre inversión extranjera directa (IED)
pueden tomarse como una radiografía de la región.
La IED ha escalado de forma exponencial en América
del Sur, pasando de poco más de 30.000 millones de
dólares anuales en los primeros años de la década
de 2000 a 143.000 millones en 2012. Se multiplicó
por más de cinco, según el último informe de la
CEPAL. (2)

Vale la pena destacar que los tres países andinos
de la Alianza del Pacífico pasaron de recibir una
IED de 11.000 millones de dólares al comenzar el
siglo a percibir 58.000 millones. El mayor
crecimiento de la región. Pero lo que revela el
carácter de las economías nacionales es el sector
al que se dirigen.

Chile es el segundo país en volumen de IED, con
30.000 millones de dólares en 2012, pero la mitad
se invierte en la minería (49 por ciento) y un
quinto en el sector financiero. Colombia recibió
una IED de 15.800 millones de dólares, pero más de
la mitad van a petróleo y minería. En Perú, que
recibió 12.200 millones, sólo la minería absorbe
bastante más de la mitad de las inversiones (quizá
el 70 por ciento, aunque no hay datos).

En Brasil la relación es justamente la inversa: la
industria manufacturera absorbe alrededor del 40
por ciento de las inversiones (decayendo del 47 a
38 por ciento en los últimos años) mientras las
actividades extractivas concentran apenas el 13
por ciento. Esto quiere decir que el grueso de la
inversión extranjera, de 66.000 millones de
dólares (la cuarta del mundo luego de Estados
Unidos, China y Hong Kong), se dirige a sectores
que generan puestos de trabajo calificados y
agregan valor a la producción.

Argentina tiene una situación intermedia entre
Brasil y los países andinos. Luego de una década
de fuerte retracción, la IED hacia Argentina
creció un 27 por ciento en 2012 hasta alcanzar
12.500 millones de dólares. A fines de 2011 la
composición sectorial de la IED acumulada en
Argentina estaba concentrada en un 44 por ciento
en la industria y un 30 por ciento en servicios.

Es cierto que toda la región sufre un proceso de
desindustrialización como consecuencia de la
competencia china. Pero los efectos son dispares:
en algunos casos la dependencia de los bienes
naturales es apabullante, convirtiendo a esos
países en absolutamente dependientes de los
precios de las commodities en las bolsas de
valores y, muy en particular, de la evolución del
mercado chino. Es posible que la mentada pujanza
de la Alianza del Pacífico sea poco más que humo y
se evapore cuando esos precios caigan.

Chile no es capaz de absorber productivamente los
enormes flujos de IDE que recibe, toda vez que el
26% son reinvertidos inmediatamente fuera del país
por las subsidiarias chilenas de empresas
extranjeras. La CEPAL concluye que el país andino,
colocado como modelo a seguir por buena parte de
los economistas de la región, es apenas "una
puerta de entrada para otros mercados
latinoamericanos".

Según Fiori los tres países sudamericanos de la
Alianza del Pacífico "son pequeñas o medianas
economías costeras y de exportación, con
escasísimo relacionamiento comercial entre sí, o
con México". El único país que tiene clima
templado y tierras productivas, Chile, "es casi
irrelevante para la economía sudamericana, además
de ser uno de los países más aislados del mundo",
dice el economista brasileño.

Cree que la Alianza del Pacífico no tiene un
futuro promisorio. Sus exportaciones son mayores
que las del Mercosur, pero el comercio intrazona
es ínfimo (dos por ciento del total exportado
frente al 13 por ciento del Mercosur). En rigor,
es una alianza comercial que no busca la integración.

El problema no radica tanto en las virtudes de la
Alianza sino en los problemas que atraviesa el
Mercosur. Por un lado, los cuatro países que lo
crearon (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay)
exportan los mismos productos (básicamente soja y
carne) a los mismos mercados. Con esa estructura
de exportaciones no hay integración posible, que
sólo puede forjarse sobre la base de la
complementación productiva. Como apunta Fiori,
desde la crisis de 2008 y a caballo de la
expansión china, se han profundizado las
características seculares de las economías
sudamericanas que obstaculizan cualquier proyecto
de integración: "El hecho de ser una sumatoria de
economías primario-exportadoras paralelas y
orientadas por los mercados externos" (Pontes,
febrero 2013).

Por otro, y estrechamente ligado a lo anterior, la
permanente disputa entre Brasil y Argentina por
sus exportaciones industriales (automotriz y de
electrodomésticos) está empantanando la alianza
regional. Cada producto argentino que ingresa en
Brasil, le hace perder puestos de trabajo, y
viceversa. Los acuerdos comerciales existentes y
la opción por la integración aún no se tradujeron
en la creación de industrias capaces de
complementarse.

En su balance de la inversión extranjera en 2012,
la Cepal no deja lugar a dudas: "En América del
Sur (sin incluir a Brasil), se ha ido
profundizando un patrón de distribución de la IED
en el cual los sectores basados en recursos
naturales son claramente el primer destino". La
minería absorbió el 51 por ciento de las
inversiones en la región, servicios el 37 y la
industria apenas el 12 por ciento.

Hora de elegir

"Se puede decir con toda certeza que el ´cisma del
Pacífico´ tiene más importancia ideológica que
económica en América del Sur y sería casi
insignificante políticamente si no se tratara de
una pequeña franja del proyecto de Obama de crear
una Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas
en inglés), pieza central de su política de
reafirmación del poder económico y militar en la
región del Pacífico", señala Fiori (Pontes,
febrero de 2013).

Este es quizá el nudo de la cuestión. México es ya
una pieza inseparable de la economía
estadounidense. Luego de la crisis de 2008, que le
impone serias restricciones presupuestales, la
estrategia de los Estados Unidos consiste en
"tercerizar" la administración de su poder global
pero con el cuidado de impedir que surjan
potencias regionales que amenacen su posición y en
particular el predominio aéreo y naval. A través
del sistema financiero, razona Fiori, la
superpotencia sigue traspasando sus costos y sus
crisis a terceros países, como sucedió con su
principal aliado, la Unión Europea, manteniendo en
tanto el "control monopólico de la innovación
tecnológica".

Ante este panorama, lo decisivo serán las opciones
de los demás países, sobre todo el rumbo que
adopte Brasil. El profesor Ricardo Sennes,
analista internacional de la Universidad de Sao
Paulo, sostiene que el crecimiento económico pos
2002 "profundizó las divergencias entre las
estrategias económicas de los países, así como se
ampliaron las asimetrías entre Brasil y los países
de la región" (3).

A esta dificultad estructural se suma que en
Brasil prevalece "la preferencia por un patrón de
relación regional basado en la proyección de las
capacidades políticas brasileñas y no en un patrón
de integración regional". No es lo mismo la
densificación de los negocios que una estrategia
de integración. En su opinión eso debe a que
existe una débil "coalición interna" a favor de la
integración y se traduce en un elevado activismo
diplomático que contrasta con la baja
institucionalidad de la integración. En
conclusión, "la regionalización, aumento de las
relaciones regionales no derivadas de política y
acuerdos entre estados, avanzó más rápida y
profundamente que la integración regional".

Eso se manifiesta en que los miembros del Mercosur
han establecido acuerdos más profundos con países
de fuera de esta alianza que entre ellos mismos.
Sennes concluye que más allá de las declaraciones,
"el proyecto regional de Brasil no integra el eje
central de su estrategia internacional". Suena
fuerte, pero en modo alguno parece alejado de la
realidad. En su apoyo, resume: preferencia por
reuniones de cúpula antes que acuerdos
institucionales; "integración económica rasa", o
sea focalizada en cuestiones comerciales
bilaterales en detrimento de la integración
productiva, financiera y logística; privilegiar
agencias de crédito domésticas como el BNDES en
vez de regionales; y apoyar las iniciativas
privadas de inversiones en detrimento de acuerdos
regionales de promoción de inversiones.

A partir de este cúmulo de dificultades, Fiori
plantea una disyuntiva de hierro. Que Brasil y la
región se conviertan en "periferia de lujo" de las
grandes potencias, como ya fueron Australia y
Canadá, con acuerdos de "socios preferenciales",
en línea con la propuesta de Cardoso y de las
elites de cada país, atornillados al papel de
exportadores de commodities. O bien emprender un
camino alternativo, asentado en la autosuficiencia
energética y los recursos naturales estratégicos,
combinando "una industria de alto valor agregado
como un sector productor de alimentos y
commodities de alta productividad", que no
renuncie a la complementariedad y competitividad
con Estados Unidos pero que "luche para aumentar
su capacidad de decisión estratégica autónoma"
("Brasil e América do Sul: o desafío da inserçâo
internacional soberana", Brasilia, CEPAL/IPEA, 2011).

Las elites han hecho su opción y pelean por ella.
La Confederación Nacional de la Industria (CNI) y
la Federación de las Industrias del Estado de San
Pablo rechazan cada vez con mayor vigor el
Mercosur y ni siquiera toman en cuenta la Unasur.
Aecio Neves, candidato por el Partido de la Social
Democracia que representa a esos sectores, habla
claro: "Tenemos que tener el coraje de repensar y
revisar el Mercosur. En este sentido, la Alianza
del Pacífico, es un ejemplo ya de movilidad y
dinamismo" (La Nación, 9 de junio de 2013).

Esa claridad contrasta con las nebulosas y
contradictorias posiciones del progresismo. En el
actual panorama global, no hay lugar para la
neutralidad. "Los que se consideran neutros son
siempre países irrelevantes o que acaban
sucumbiendo", concluye Fiori. Por eso sostiene que
la región debería construirse como "un grupo de
países aliados capaces de decir no, cuando sea
necesario, y capaces de defenderse, cuando sea
inevitable".

Notas

1) Aladi: Asociación Latinoamericana de
Integración. Unasur: Unión de Naciones
Suramericanas. Celac: Comunidad de Estados
Latinoamericanos y Caribeños.
2) La Inversión Extranjera Directa en América
Latina y el Caribe 2012", Santiago, 2013.
3) Revista "Tempo do Mundo", Vol. 3, No. 2,
Brasilia, diciembre 2012.

- Raúl Zibechi, periodista uruguayo, escribe en
Brecha y La Jornada y es colaborador de ALAI.

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